Con el retroceso de la nieve, emergen las primeras hojas comestibles, las agujas más aromáticas y los hongos que anuncian el despertar del suelo. Se escucha el rumor de los riachuelos y se afinan sentidos y cuaderno de campo para tomar notas prudentes. La clave es observar patrones, evitar excesos y dejar siempre plantas madre que aseguren la continuidad.
En pocas semanas se concentran bayas intensas, flores melíferas y hierbas que secan bien al aire frío y limpio. Las tormentas son rápidas, la radiación intensa y los suelos drenantes. Se planifican salidas al amanecer, con mochilas ligeras, preservando la humedad de los frutos y registrando ubicaciones sin divulgar coordenadas sensibles. La gratitud guía manos y decisiones compartidas.
Cuando el aire huele a leña y resina, llegan raíces dulces, semillas nutritivas y setas carnosas que invitan a deshidratar, fermentar o confitar. Se organizan faenas comunitarias, se rotulan frascos, se reparan alacenas y se revisan rituales de cierre. La montaña recuerda que nada se desperdicia: cascarillas, tallos y salmueras encuentran nuevos usos, respetando ciclos futuros.